Meditación en medio del retiro
En ese momento me di cuenta que yo era dios, y al mismo tiempo no lo era. Era nada y todo a la misma vez.
Fui ella mientras me contaba lo duro que fue su
adolescencia. Fui ella viéndome a mí, desde sus acaramelados ojos. Fui ella y fui
él, sin ser ella.
Éramos los dos rozando nuestra piel, nuestros labios,
tomados de la mano. En ese momento no existía nada más que el infinito, el
universo posicionado de manera perfecta para formar esa tarde 440.
No comprendía y no importaba dónde estaba, porque estaba
con ella. Lo único que escuchaba era su voz, y se fusionaba perfectamente con
los cantos de la naturaleza.
Era el árbol que nos miraba, fui el ruiseñor que nos
cantaba. Fuimos la hoja que caía del árbol directamente en nuestro cabello…
Al día siguiente, yo me quedé una parte de ella. Un
tesoro incomparable que me hablará cuando lo necesite, y una parte de mí se
quedo con ella. La banca quedó sola, el paisaje que apreciamos quedó inerte al
saber que los dos enamorados ya no bailaban al sonido del viento pasando entre
sus árboles y montañas.
Fuimos los dos, fuimos nada, fuimos ese momento que
quedará suspendido en el tiempo mientras lo recordemos…
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